Cómo ve el mundo un coreógrafo (aunque vaya en pijama)
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Si alguien pudiera entrar en la mente de un coreógrafo durante un día cualquiera, probablemente se sorprendería.
No encontraría música sonando a todo volumen ni un estudio de danza las veinticuatro horas del día. Encontraría algo mucho más cotidiano: una persona en pijama marcando movimientos con las manos, contando "5, 6, 7, 8" en silencio, repitiendo una secuencia una y otra vez mientras prepara un café o espera a que hierva el agua.
Porque la realidad es que un coreógrafo nunca deja de coreografiar.
Las coreografías nacen mucho antes de llegar al estudio
Existe la idea de que una coreografía se crea cuando empieza el ensayo. Sin embargo, el verdadero proceso comienza mucho antes.
Una idea puede aparecer mientras caminamos por la calle, viendo una película, escuchando una canción o simplemente observando cómo se mueve una persona.
A partir de ese momento, la mente empieza a trabajar sola.
Se prueban caminos diferentes, se cambian acentos musicales, se imaginan desplazamientos, formaciones y dinámicas. Todo sucede antes incluso de que el cuerpo haya ejecutado el primer movimiento.
Contar se convierte en un idioma
Los coreógrafos vivimos contando.
Contamos tiempos mientras conducimos, mientras cocinamos, mientras esperamos un tren o mientras estamos sentados en el sofá.
El famoso "5, 6, 7, 8" deja de ser una simple entrada para convertirse en una forma de organizar las ideas.
Cada cuenta ayuda a construir el movimiento antes de hacerlo realidad.
Marcar también es crear
Muchas personas creen que ensayar significa bailar con toda la energía.
Pero existe otra parte del trabajo: marcar.
Marcar consiste en dibujar el movimiento con el cuerpo de forma mínima. A veces solo se mueve una mano. Otras veces basta con inclinar la cabeza o señalar una dirección.
Desde fuera puede parecer que no está pasando nada.
Desde dentro, la coreografía está evolucionando.
Cada pequeño gesto sirve para comprobar si una transición funciona, si un acento llega donde debe o si una idea transmite exactamente lo que buscamos.
Repetir no significa no avanzar
Una de las palabras que más acompaña a cualquier coreógrafo es "otra vez".
Repetimos porque cada repetición revela algo nuevo.
Un detalle que no encaja.
Una intención que puede ser más clara.
Un movimiento que necesita respirar un poco más.
La repetición no es falta de creatividad.
Es la herramienta que convierte una idea en una obra.
Un proceso que compartimos todos los artistas
Cuanto más hablo con músicos, actores, escritores o pintores, más me doy cuenta de que todos vivimos algo parecido.
El músico escucha una canción antes de tocarla.
El escritor reescribe el mismo párrafo varias veces.
El pintor llena un cuaderno de bocetos antes de crear la obra definitiva.
El actor prueba distintas maneras de decir una misma frase.
Todos convivimos con una idea durante mucho tiempo antes de mostrar el resultado al mundo.
Lo bonito casi nunca se ve
Cuando una coreografía llega al escenario, el público presencia unos pocos minutos de trabajo.
Pero detrás de esos minutos hay horas de observación, pruebas, dudas, cambios, repeticiones y momentos aparentemente insignificantes.
Hay tardes enteras marcando movimientos en ropa de estar por casa.
Hay secuencias que solo han existido en la imaginación.
Y hay cientos de veces en las que hemos contado los mismos ocho tiempos.
Quizá esa sea la parte menos visible de la danza.
Pero también es la más auténtica.
Porque ser coreógrafo no consiste únicamente en crear movimientos.
Consiste en aprender a mirar el mundo de otra manera y descubrir que cualquier momento, por cotidiano que parezca, puede convertirse en el comienzo de una nueva coreografía.